
Convivir, en efecto, significa un modo de vivir, de ser específico, del ser humano. Es verdad que, de algún modo, se puede decir que todas las cosas conviven en el universo, ya que el universo nos localiza a todas, y además nos sitúa en condiciones de cierta interdependencia. Pero, mientras todas las cosas se nos ofrecen como sujetos pasivos de esa coexistencia, el hombre se nos presenta como sujeto activo, como actor y protagonista.
Podría decirse que las cosas, mas que vivir, se ven arrastradas por la vida; el hombre, en cambio, es capaz de nadar, de dominar la corriente y aunque sea rió abajo, dirigir su movimiento en una u otra dirección. Los árboles van siendo hechos, el hombre se va haciendo. Por eso entre todos los posibles aspectos que presenta la vida humana, es posible destacar uno nuevo, el estudio de la convivencia, es decir, la participación activa más o menos consiente en el espacio y el tiempo de las relaciones de los hombres y mujeres en comunidad. La base y fundamento de la convivencia es la interacción social.
Observemos como en el mundo físico, las cosas guardan una relación mutua. Existe, por ejemplo una relación de dependencia entre los movimientos de los astros. Hay relación entre el humo y el fuego. Vemos una chimenea de nuestra ciudad, coronada por una nube de humo y pensamos que debajo debe haber fuego. Hay relaciones todavía más sorprendentes cuando nos fijamos en el mundo de los animales.
En una colmena de abejas las actividades de las unas y las otras están relacionadas entre si. Si continuamos el análisis hasta la observación del comportamiento humano, enseguida podemos encontrar dos niveles de relación: Estamos relacionados con los objetos exteriores, tanto inanimados como animados. El hombre tiene una relación emotiva y fundamental con el ambiente donde nació, el lugar donde paso su niñez… las cosas, los objetos del parque, la fuente, la casa… todo lo siente como si los objetos estuvieran dotados de alguna vida. Estas relaciones son mas profundas cuando provienen de nuestro contacto con los seres vivos. El perro, el gato, etc. Las relaciones con las personas o con los grupos de personas constituyen un mundo muy peculiar.
La interacción es un fenómeno característico y maravilloso que se da propiamente hablando entre personas. Toda persona es fuente y centro de efectos psicológicos que tienen amplia resonancia en la vida humana. La forma en que yo me relaciono con otras personas puede provocar en ellas relaciones de entusiasmo, depresión, amor, odio, alegría o de tristeza. A este nivel de sujetos humanos las relaciones son totalmente distintas de aquellas que pueden darse a nivel de objeto, incluso de persona-objeto, porque cada uno de los sujetos que participa en la acción tiene una estructura psicológica capaz de transformar esa misma relación. Una persona puede sentir afecto hacia un caballo, e incluso puede darse que el caballo corresponda, de algún modo, al entusiasmo de esta persona; pero siempre dentro de unos límites y sin que ninguno de los dos, persona o animal, puedan comprender respectivamente el mundo del otro.
LÍDERES, CIUDADANOS EDUCADORES DE LOS NUEVOS CIUDADANOS.

La convivencia social como la democracia son construidas por el hombre. Si queremos una sociedad en donde sean posibles la vida y la felicidad, tenemos que construirla con nuestra actuación de cada día. El Liderazgo es un acto de fe en el futuro.
Creer que siempre es posible construir un futuro mejor, es lo que constituye el incomparable poder de los líderes en la sociedad. Trabajar este propósito, significa crear, en nosotros y en nuestras comunidades, formas de pensar, de sentir y de actuar, democráticas y de convivencia. Todo líder cree en el futuro de una forma activa (no es ingenuo); su fe en el futuro la muestra todos los días con su trabajo, buscando unos resultados que difícilmente él verá.
La construcción y desarrollo de nuevas formas de convivencia social que garanticen el respeto a la vida y a los derechos humanos, debe ser uno de los grandes propósitos de los lideres para el nuevo futuro que queremos construir. Aunque podemos decir que los grandes propósitos de la convivencia social son el cuidado de la vida y la felicidad, no existe un modelo ideal establecido de convivencia que podamos copiar o imitar. La convivencia social es un proceso en construcción, siempre
redefinible, que se manifiesta en múltiples formas y modelos, con alcances y características diferentes...pero siempre debe estar orientada a cuidar, proteger y desarrollar la vida de la mejor manera posible.
Los siete aprendizajes básicos que se enuncian y se describen a continuación parecen evidentes a sí mismos, y están profundamente interrelacionados entre sí. Pero esa aparente evidencia es su riesgo: se puede suponer que se dan naturalmente y que no requieren ser enseñados ni aprendidos aprendizajes básicos. La formación de los nuevos ciudadanos, de “Los hijos de Constitución del 91”, requiere afianzar en ellos los aprendizajes básicos de la convivencia social. Y la creación de una nueva cultura de convivencia social es uno de los propósitos que están al alcance del incomparable poder de los líderes. Si actuamos todos con el mismo propósito.
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. APRENDER A NO AGREDIR AL CONGENERE:
FUNDAMENTO DE TODO MODELO DE CONVIVENCIA SOCIALDentro de los mamíferos superiores, el hombre

es una de las pocas especies que ataca y destruye a sus congéneres: conoce la tortura y es capaz de matar a los de su propia especie. Los especialistas en comportamiento animal (Los
Etólogos) dicen que el hombre tiene un bajo nivel de inhibición genética frente a la vida de su congénere. Esto, a diferencia de la mayoría de los animales superiores que naturalmente están inhibidos para matar a otro animal de su propia especie. Por eso el ser humano debe aprender y debe ser enseñado a no agredir, ni física ni psicológicamente, a los otros seres humanos. La agresividad es natural y fundamental en todos los animales, incluido el hombre.
La agresividad es la que genera la fuerza para afrontar las situaciones difíciles, abordar los problemas y emprender los grandes propósitos: cuidar de los hijos, la investigación, la política, el trabajo por la justicia, etc. En el hombre la agresividad puede convertirse en amor o en hostilidad (en odio) hacia el otro, y esto depende en gran parte, de las enseñanzas y de las experiencias de vida que se hayan tenido.
El hombre debe ser enseñado a no agredir a su congénere (ni psicológica ni físicamente) enseñándole a orientar su agresividad hacia el amor, entendido este como la “lucha constante por hacer la vida posible”. Hay que enseñarle a dejar el combate pero sin perder la combatividad. A ser fuerte pero sin perder la ternura ni la compasión por el otro. La agresividad se convierte en amor enseñando y aprendiendo a conocer al otro, el cual siendo diferente es plenamente humano como yo. El otro por ser diferente puede ser complemento o quizás mi opositor pero nunca mi enemigo.
Aprender a no agredir al otro significa: Aprender a valorar la vida del otro como mi propia vida. Aprender que no existen enemigos; existen opositores con los cuales puedo acordar reglas para resolver las diferencias y los conflictos, y luchar juntos por la vida. Aprender a valorar la diferencia como una ventaja que me permite ver y compartir otros modos de pensar, de sentir y de actuar. Aprender a buscar la unidad pero no la uniformidad. Aprender a tener el cuidado y defensa de la vida como el principio máximo de toda convivencia. Aprender a respetar la vida intima de los demás. La no agresión al congénere es un aprendizaje que debe
cultivarse todos los días de la vida.
2. APRENDER A COMUNICARSE:
BASE DE LA AUTOAFIRMACIÓN PERSONAL Y GRUPAL: